Puerto Rico entra al 2026 con una combinación de cansancio acumulado, esperanza y un claro sentido de urgencia. El 2025 fue, en muchos sentidos, un año de confrontación con la realidad. Nos obligó a mirar de frente nuestras fragilidades estructurales, la dependencia económica, la necesidad de fortalecer la infraestructura crítica y la responsabilidad impostergable de exigir mayor coherencia en la gestión pública. En términos sencillos, el 2025 nos recordó que los problemas que se posponen no desaparecen: se acumulan y, con el tiempo, se encarecen.
Desde la perspectiva económica, Puerto Rico continúa en una fase de crecimiento moderado, respaldado por la reconstrucción, la entrada de fondos federales y las iniciativas del sector privado. Sin embargo, ese crecimiento sigue siendo frágil. La inflación ha mostrado señales de moderación, el mercado laboral ha adquirido cierta estabilidad y existe mayor claridad fiscal; pero nada de eso se sostiene sin una visión clara de desarrollo económico. La lección es contundente: la estabilidad no ocurre por inercia, requiere planificación, disciplina y continuidad en la ejecución.
Esa fragilidad se evidencia, en particular, en el sistema energético. El 2025 reafirmó que la energía no es un asunto técnico aislado, sino un pilar del desarrollo económico, del bienestar social y de la competitividad. Cada apagón representa ineficiencia, pérdida económica y desgaste social. Puerto Rico no puede aspirar a una economía sólida con una infraestructura débil. La ecuación es simple, pero exige decisiones firmes.
En el plano social, la ciudadanía fue clara: exige resultados. El país refleja agotamiento ante promesas incumplidas, discursos sin ejecución y decisiones improvisadas que, al final, tienen un alto costo. Se hicieron evidentes las tensiones vinculadas al costo de vida, la desigualdad y el desgaste emocional de comunidades que, con razón, sienten que merecen algo mejor. Sin cohesión social no hay estabilidad económica. Y sin instituciones confiables no se construye la confianza necesaria para desarrollarnos plenamente.
Entonces, ¿cómo debemos mirar el 2026? No como un año para esperar milagros, sino como un año para asumir responsabilidades colectivas. Puerto Rico necesita, con carácter prioritario, consolidar una economía estable, productiva y sostenible que fomente la inversión, el empleo digno y una planificación fiscal responsable. Necesita fortalecer la infraestructura crítica, especialmente en energía, transporte y educación, porque de ellas dependen la calidad de vida y la competitividad del país. Y necesita restaurar la confianza mediante liderazgo y decisiones públicas alineadas con una visión de país, no con urgencias políticas momentáneas.
No se trata de pesimismo; se trata de madurez. El 2026 representa una oportunidad para demostrar que Puerto Rico aprendió. Que puede mirar hacia adelante con serenidad, inteligencia y sentido estratégico. Este país ha demostrado en múltiples ocasiones su capacidad de levantarse. Ahora nos toca algo aún más complejo: sostener, planificar y perseverar.
Si algo nos dejó el 2025 es la certeza de que el progreso no llega por casualidad; se construye. Paso a paso. Con claridad, institucionalidad y compromiso colectivo. Entramos al 2026 con la oportunidad de dejar atrás la etapa de sobrevivir y reaccionar, y comenzar la etapa de madurar y ejecutar.
Y como decían los de antes —que casi siempre tenían razón—: con calma, pero con paso firme. Esa quizá sea la actitud más sabia para Puerto Rico en este nuevo año.